Ciudad Gris [Relato]

Cuando abrí los ojos, estaba tumbada sobre una cama. El colchón era mullido y las sabanas suaves. Una tenue luz iluminaba la estancia, filtrándose a través de las rejillas de la cortina.

Me incorporé despacio. Parecía la habitación de alguien. Había algunos posters colgados, peluches en los estantes y trastos varios desperdigados por el suelo. Puse mis pies descalzos sobre el parqué, con cuidado de no pisar ninguno.

Miré a mi alrededor. ¿Quién me había llevado allí? ¿Dónde estaba? ¿Acaso era mi habitación? No lo conseguía recordar…

Mi cuerpo se sentía torpe y pesado, como si no lo hubiera movido en mucho tiempo. Tuve que apoyarme en una vieja silla de escritorio para no caer. Me di cuenta de que la puerta se encontraba entreabierta. Un extraño ruido provenía del otro lado.

Se abrió con un suave crujido al empujar. La habitación daba a un pasillo con otras puertas, y el pasillo, a unas escaleras que iban hacia abajo. Me ayudé de las paredes para avanzar hasta ellas, y luego de la barandilla para llegar al comedor.

El ruido era la estática de un televisor encendido, pero sin señal. Puntos negros y blancos inundaban su pantalla. Quizás alguien lo había estado viendo. Pero no había nadie allí.

Entré en la cocina. Sobre el mármol reposaba una tabla de cortar, además de varios utensilios. Pero tampoco había nadie. Quizá quien los dejó allí se disponía a utilizarlos, pero tuvo que irse por alguna razón.

Todas las estancias de la casa se encontraban en ese mismo estado, como si quienquiera que viviese allí se hubiera desvanecido. Entonces llegué al cuarto de baño, donde el espejo captó mi atención. En él se reflejaba una chica joven, de tez pálida y cabellos oscuros. Llevaba puesto un pijama de manga larga, adornado con patitos de colores. Era mi imagen. Sin embargo, algo no encajaba.

Poco a poco mi mente estaba más despejada. Y cuanto más despejada, más intranquila era mi respiración, y más rápido el latido de mi corazón. ¿Qué era aquel sitio? ¿Por qué estaba allí? ¿Quién era?

Aquel día, cuando recuperé la consciencia, se me había despojado de todo. Incluso de mí misma.

Buscando en el armario de la habitación donde desperté, encontré ropa que parecía irme bien. Me vestí y salí al exterior. El Sol brillaba con intensidad, obligándome a interponer el brazo entre su luz y los ojos. El tacto del calor sobre mi piel resultaba agradable.

Decidí explorar por la zona, pero no encontré nadie. En su lugar, hallé una ciudad vacía, congelada en el tiempo. Llamé puerta a puerta, ninguna fue contestada. Los coches se hallaban parados en medio de la carretera, sin conductor. Las tiendas estaban abiertas, sin dependientes. Y el silencio era omnipresente. Un silencio eterno, inquebrantable, insoportable. Lo único que lo perturbaba era el sonido de mi respiración jadeante, cada vez más fuerte, cada vez más asustada. ¿Dónde habían ido todos? ¿Por qué me habían dejado atrás? No quería estar sola, no quería que se olvidaran de mí…

¿Cuánto tiempo estuve merodeando por ahí fuera? Ojalá lo supiera. Horas, días…semanas…cuando cada día es igual, una y otra vez, ¿acaso existe la noción del tiempo? ¿Cómo distinguir el “antes” del “ahora”?

Adopté un nuevo nombre, era mejor que nada. Mis recuerdos se desdibujaban en borrones sin sentido, lagunas de las que apenas podía distinguir pequeños detalles. Sin embargo, había una imagen que sí recordaba con nitidez, una imagen que me reconfortaba cuando más lo necesitaba. Veía a un hombre sin rostro, junto a una mujer sin rostro. Hablaban juntos y se reían. Me llamaban, pero, ¿qué decían? No lo entendía del todo bien. Entonces veía una caja de cartón y, dentro de la caja, una bolsa de plástico con cereales. Mi desayuno de las mañanas, cuando era pequeña. Me encantaba, cuanto lo echaba de menos…

También adopté una rutina. Durante el día, buscaba a otras personas. Cualquier indicio, lo que fuera, de vida. Cuando caía el Sol, me cobijaba del frío en refugios como una estación de metro o un hipermercado. Aunque muchas veces no conseguía dormir. Sollozaba desconsolada, los ojos llenos de lágrimas, suplicando que alguien viniera a por mí.

Nunca permanecía dos noches en un mismo sitio, siempre avanzaba hacia algún lugar. Dónde, no lo sabía, pero caminaba de todas formas, confiando en aquello que llaman esperanza. Pero, ¿Qué es la esperanza? ¿Qué significa confiar en algo? Cuando cada día es igual, una y otra vez, ¿de qué sirve? ¿Para qué pedir ayuda, cuando sabes que nadie va a contestar? ¿Era la esperanza una mentira? ¿Un burdo engaño para aferrarse al instinto primitivo de seguir viviendo?

Lo más fácil era acabar con todo. Dejar de sufrir. Más de una vez lo pensé. Sin embargo, no fui capaz de hacerlo. Y lo peor de todo, lo que más me frustraba, es que no sabía por qué.

Pero un día, algo cambió. Me di cuenta de una cosa, algo simple, que me había esforzado en ignorar todo ese tiempo: ¡estaba viva!

No me había rendido, nunca habría aceptado hacerlo. Quería seguir luchando, seguir adelante. Comprendí que la esperanza es más que un engaño, es lo que da propósito a nuestra vida. Sin esperanza, no podríamos hacer nada, pues nada tendría sentido.

No sé por qué desperté aquel día en aquella habitación. No sé de dónde vengo, ni quién fui antes de mi despertar. Y quién sabe si algún día descubriré qué ocurrió con los demás. Solo sé que estoy aquí, y que no quiero rendirme. Y que seguiré buscando, y buscando, hasta hallar la verdad. En el momento en que decida que no vale la pena continuar, no hará falta terminar con mi vida, pues ya estaré muerta por dentro. Un día todo se terminará y, cuando eso ocurra, quizá lo haga sola. La muerte es un viaje que, de todos modos, se debe emprender en solitario. Pero cuando muera, al menos, sabré que lo he intentado, que no desperdicié mi única oportunidad. ¿Me engaño a mí misma? Puede. Pero he decidido vivir con ese engaño.

Si algún día alguien lee estas palabras, y rezo para que así sea, dirígete al oeste. Tal vez nos encontremos en el camino. Y si estás leyendo esto, recuerda mis palabras: no te rindas jamás, no estás solo. Nunca lo has estado, y nunca lo estarás.

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