En la mente del asesino [Relato]

Se me corta la respiración por un instante. El cenicero de cristal se me escurre entre los dedos, cayendo sobre la moqueta con un sonido sordo. Rueda hasta chocar con el sillón, trazando una estela carmesí a su paso. Luego todo queda en silencio.

—¿Víctor? —pregunto con timidez—.

Las piernas me flaquean, pero hago un esfuerzo por no caerme. Me agacho junto a él, coloco mis dedos índice y corazón sobre su cuello: no tiene pulso. Sin pararme a pensar, le agarro ambos hombros y le sacudo con violencia:

—¡Víctor! ¡Dime algo, por favor!

Su cuerpo se balancea como el de un muñeco, sin respuesta. Le dejo caer, tembloroso. Intento decir algo más, pero las palabras se me atragantan. Me levanto con un grito de frustración. Esto no puede estar pasando. No a mí.

—¡Joder! —me tapo la cara con la mano, mientras doy vueltas sin rumbo por la habitación—. ¡Joder, joder, joder…! ¿Qué he hecho?

No hay tiempo que perder, tengo que llamar a una ambulancia. Ellos sabrán qué hacer, están preparados para ello. Esa idea es la que me impulsa a sacar el teléfono móvil y marcar el número. Sin embargo, me detengo justo antes de apretar el botón de llamada. Mi pulgar permanece a un escaso centímetro de la pantalla táctil, indeciso. Trago saliva y vuelvo a mirar el cuerpo de mi amigo. ¿Y si ya no hay nada que hacer?

Se me hiela el corazón de pensarlo. Me acusarán de homicidio, y luego iré a la cárcel. Todos me odiarán por ello. Todos mis sueños, mis ilusiones…todo por lo que he estado luchando hasta ahora…se quedarán en nada.

Me desplomo en el sillón. ¿Siempre me ha apretado tanto el cuello de la camisa? ¿Qué voy a hacer? ¿Qué puedo hacer? Lo mire como lo mire, no hay ninguna solución.

¿Cómo he llegado a esto? Por un instante, fue como si perdiera el control de mi cuerpo. No era yo mismo, aunque era consciente de lo que estaba pasando. Quería hacerle daño, quería que sufriera. Así que, cuando se dio la vuelta, no dude en agarrar lo primero que vi y golpearle con todas mis fuerzas. Nunca me había sentido tan poderoso, y eso es lo que más me asusta. Y ese sonido, el sonido de la piel aplastada y la rotura del hueso…solo de pensarlo, se me revuelve el estómago.

¿Por qué hoy, precisamente hoy? Era un día como cualquier otro, un día normal y corriente. Acababa de sacarme uno de mis paquetes de comida precocinada, de albóndigas, para cenar. Iba a ponerme el pijama y descansar después de una dura jornada de trabajo. Y entonces Víctor llamó a la puerta y…

Claro, Víctor. ¡Víctor! ¡Todo es culpa suya! Él fue quien me provocó, yo no quería. No haría daño a nadie, todo el mundo lo sabe. Pero ese cabrón asqueroso, ese hijo de puta, me amenazó. Me intentó hacer chantaje. ¡A mí, a su mejor amigo! ¿Qué clase de compañero hace eso? ¡Se lo merecía, él mismo se lo buscó!

En su momento, yo sólo quise hacerle un favor. Él no tenía trabajo, estaba en paro desde hacía tiempo. No le llegaba para pagar el alquiler y, cuando se quedó aquel puesto vacante en mi empresa, no dudé en recomendarle para que lo ocupara. ¡Qué menos por un amigo! Pero el muy malnacido, no contento con eso, se atrevió a hurgar en mis trapos sucios. Se aprovechó de mí, de mi confianza.

Claro, que…¿de qué me servirá eso ahora? ¿Quién me va a creer? Nadie lo hará, nadie. Da igual que Víctor fuera una escoria; yo no soy muy diferente. A la policía no le importará mi versión. Pero no quiero, no me merezco esto. Sólo quería ayudar, nada más.

De pronto, vuelvo a perder el control de mi cuerpo. Pero esta vez no lo mueve la rabia. Es algo distinto, algo mucho más profundo, aterrador. Ignoro el cadáver de Víctor y abro la puerta del balcón. El frío del invierno me rocía las mejillas, húmedas por las lágrimas. Hace una noche espléndida.

¿Dónde había puesto esa silla…? ¡Ah, aquí está! Espero que aguante bien mi peso. Mira todos esos coches, que pequeños se ven en la distancia. Siempre había querido disfrutar de una vista así, pero tengo vértigo. Que iluso he sido, la de cosas que me habré perdido por ese miedo.

Doy un paso al frente. Se siente tan liberador.

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