La creatividad puede ser un ente de lo más caprichoso. Unas veces no la sabemos encontrar, nos bloqueamos y somos incapaces de hallar la solución a un problema, por muchas vueltas que le demos. En otras ocasiones, casi por arte de magia, nos sentimos desbordados, bendecidos con la inspiración, dejando que nuestro cuerpo se torne en un mero canal de su voluntad.

Para cualquier vocación artística, la creatividad es una aptitud fundamental. Es la capacidad que permite analizar las cosas bajo una nueva perspectiva, permitiéndonos (tomando la frase del inglés) “pensar desde fuera de la caja”. Pero hablar de creatividad es también hablar de ambición, y esta resulta difícil de domar. Muchos conocen el llamado “bloqueo del escritor”, la terrible página en blanco que nos absorbe como el portal a una dimensión paralela de agonía y frustración. Pero, ¿qué hay del fenómeno opuesto? ¿Qué ocurre cuando el flujo de ideas es demasiado grande?

La comparación puede parecer un poco cogida con pinzas, y probablemente así sea. Pero creo que esta escena de “Los Simpson” logra representar hasta cierto punto qué es lo que quiero decir. Si lo pensamos con detenimiento, las ideas no son muy distintas de la explicación del doctor. Incluso la comparación con un virus no sería del todo desacertada: las ideas brotan, crecen, se propagan por todo nuestro organismo, convirtiéndose en el motor de nuestros pasos.

Pero una idea, por sí sola, carece de sentido. No es un más que un boceto, un borrón intangible. Necesitamos otorgarle valor, transcribirla a algo real. No obstante, transcribir nuestras ideas siempre conlleva consumir una serie de recursos (tiempo, esfuerzo, dinero…), y estos recursos, para bien o para mal, son limitados, siempre hay un precio a pagar.

Cuando confluyen muchas ideas, estamos hablando de un fenómeno fantástico. Significa que tenemos ambición, que hay mucho por lo que aspiramos a luchar. Y eso es bueno, es motivo de felicitación. Sin la ambición humana, nunca se habrían alcanzado muchos de nuestros grandes logros como especie. Es nuestra mayor fortaleza. Al mismo tiempo, sin embargo, es también nuestra mayor debilidad. Cuando tenemos demasiadas ambiciones, todas ellas etiquetadas con su correspondiente precio, nos damos cuenta de que no podemos satisfacerlo todo. No viviremos para siempre, ni somos millonarios. Y nadie nace enseñado, tampoco; incluso aquellos que posean un gran talento (para lo que sea), de nada les servirá si no lo llegan a ejercitar durante las horas y horas de dedicación que requiere explotarlo.

Sé que suena desalentador, pero no me malinterpretéis, en absoluto es mi intención. Yo no me considero pesimista, sino optimista realista. No se pueden perseguir todos los frentes, no se puede tener todo. Nos guste o no, hay decisiones que tomar. Incluso el mero acto de decir “yo no quiero decidir” ya supone una decisión por sí misma. Siempre estamos decidiendo, y cada decisión forma parte de nosotros. Esto es un hecho.

Crear algo implica pasar del concepto, de la idea, a un objeto físico, real. Pero no todas nuestras ideas llegaran a ese nivel. Unas se verán transformadas, reconvertidas en algo completamente distinto a lo que esperábamos. Otras se verán absorbidas, igual que el pez grande se come al chico.  Algunas quizá ni siquiera llegarán a retener nuestro interés, cayendo en el más profundo de los olvidos. La gran mayoría nos las terminemos llevando al otro lado, sin haberlas podido sacar a la luz. Las ideas son infinitas, con infinitas posibilidades. Pero nuestros recursos no lo son.

Para poder crear debemos decidir. Es nuestra responsabilidad como creadores. Cuando intentamos abarcar demasiado, corremos el riesgo de quedarnos a la mitad. Debemos decidir qué es lo que queremos poner por delante, y a qué estaríamos dispuestos a renunciar. Materializar una sola idea te puede llevar horas, días…incluso años. No se puede mantener este nivel de compromiso con todas, sólo con aquellas que, en ese momento, y de cara a nuestro futuro, sean las más importantes para nosotros. O en otras palabras, utilizando terminología de coaching, aquellas que vayan de acuerdo a un objetivo que previamente hayamos definido, hacia nuestra meta y foco vital.

Por supuesto, eso no significa que haya que descartar toda idea que resida fuera de nuestro foco. Al contrario, es importante tomar nota y buena cuenta de todas y cada una de ellas, porque nunca se sabe cuándo podría llegar a ser útil. Puede que sea mañana, puede que el día nunca llegue, no se sabe. Pero no hace ningún daño guardarla en el cajón. Es más, la idea sigue siendo parte de ti. Reconocerla y darle la importancia que merece no es una pérdida de tiempo, sino una prueba de amor hacia uno mismo.

Una persona sola es incapaz de hacerlo todo. Por eso vivimos en sociedad, porque todos nos necesitamos los unos a los otros. El ser humano no ha llegado hasta aquí por una sola ambición, sino por la suma de muchas. Pero hay una cosa que sí podemos hacer, como individuos que somos. Y es que, hagamos lo que hagamos, decidamos lo que decidamos, creemos algo que valga la pena. Tomar ese compromiso o no, eso es la elección más importante.

*Imagen de cabecera por Pablo Garcia Saldaña
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