Un aparatoso ruido me trae de vuelta al reino tangible. Mis ojos se abren al despertador de la mesilla de noche que, rebotando en el sitio, anuncia la llegada del nuevo día. Me revuelvo entre el abrazo de las sábanas, perezosa, debatiendo conmigo misma la necesidad de levantarme o no. Pero el despertador insiste: ha llegado la hora.

Mi nombre es Naomi y hoy es el 15 de marzo de 2026. Paso el dedo tras la persiana y la levanto con calma: fuera hace un día espléndido, idílico. Es la mañana perfecta para salir a hacer mis ejercicios matutinos. A la vuelta tendría el tiempo suficiente de tomar un buen desayuno, ducharme rápido y prepararme para ir al trabajo. Al menos sé que eso es lo que tendría que hacer, es lo que siempre hago. Dejo caer el brazo, sonrío con cierto sarcasmo.

Después salto al 26 de abril de 2012. En aquel entonces, yo sólo era una niña. Me despido de mis padres con un beso en la mejilla, primero mi padre y luego mi madre. Ella se resiste a dejarme ir, abrazándome con todas sus fuerzas y animándome con su tono jovial. Yo trato de devolvérselo lo mejor que puedo y me despido de ellos con alegría. Pero al salir mi rostro se vuelve a ensombrecer, y agacho la cabeza, mirando al abismo.

Dejo mi mochila en un contenedor de basura y me voy a la biblioteca. Hago ademán de revisar las estanterías, pero en el fondo da igual qué libro coja. Pillo el primero que me llama por su título y me lo llevo a una mesa vacía. Los adultos se preguntarán qué hace una niña leyendo un libro tan complicado a su edad. Puedo notar su mirada: la de la pareja que está sentada en la mesa de al lado, la del bibliotecario tras el mostrador y su ordenador, la del joven chico que acaba de pasar junto a mí. Todos se lo preguntarán, pero ninguno se atreverá a decir nada. ¿Es porque realmente no saben qué decir, o tal vez porque no son capaces de hacerlo?

Para comer, salto al 3 de julio, año 2020. Aquel verano me fui con unos amigos a Francia, una semana de vacaciones. Me apetecía comida francesa. Vamos a un restaurante y, mientras esperamos que nos atiendan, ellos me miran, me hacen preguntas, me sonríen. Hablan de proyectos de futuro, de recuerdos del pasado. Y yo finjo que me importan todos y cada uno de ellos, comiendo y asintiendo, siempre en silencio.

Por último, decido saltar al 2067, al día 6 de septiembre. Estoy en el comedor de la casa de mi hija, quién me ha dejado al cargo de mi nieta, Kayla. Es muy mona, me recuerda mucho a mí. Es muy enérgica y vivaz, muy curiosa también. Toca y explora todo lo que ve, con un hambre insaciable. Hoy hemos decidido hacer una pequeña maratón de cine. Ella se lo pasa muy bien con las películas de acción. Su madre dice que son muy violentas, que no debería dejárselas ver. Pero yo hago caso omiso y las disfruto junto a ella. Me pregunto: ¿es esto una decisión que hago consciente, tomada desde mi propia personalidad, o solo estoy respondiendo a cómo deberían ser las cosas? A veces es difícil separar la línea entre ambas…

Decido que va siendo hora de volver al 2026. Están echando las noticias en la tele; en el rincón de abajo a la izquierda hay un pequeño recuadro resaltado, que marca las 21:44 del 14 de marzo. No sé por qué siempre vuelvo aquí, tiene algo especial. Quizá sea algún tipo de nostalgia, o tal vez la tranquilidad. En cualquier caso, mis tripas me piden comer, y yo obedezco. Mato el tiempo durante la digestión y me vuelvo a la cama para dormir. Pero tardo un rato en hacerlo, me quedo mirando el techo azul de mi habitación, sumida en la oscuridad. Extiendo la mano al frente, simulando que puedo tocarlo. Y vuelvo a sonreír.

He dicho que mi nombre es Naomi pero, ¿sería del todo cierto? A estas alturas, ya no estoy segura de nada. Sólo hay una única verdad, algo incuestionable: día tras día, momento tras momento, veo el mundo a través de los ojos de una mujer llamada Naomi, en cualquier punto de toda su vida. Sea pasado, presente o futuro, da lo mismo; esos conceptos no significan nada para mí. Salto del uno al otro, todos parte del mismo ciclo que se repite una y otra y otra vez. Pero todo está programado, todo está calculado. Yo solo soy una espectadora, nada más.

Me vuelco sobre mi costado, dejando que el cansancio de mi cuerpo haga el resto. A veces pienso que solo en mis sueños puedo ser libre, porque pertenecen a Naomi, pero también a mí. Siendo honesta, quizá sea la única forma de sentir que todavía existe mi ser. Pero para poder soñar necesito vivencias, sacar material; el dónde y el cuándo es lo de menos. Exhalo un último suspiro y, con él, ya solo se oye el resoplido de mi respiración adormilada. Me pregunto qué me deparará hoy…

*Imagen de cabecera por Brooke Campbell
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Un comentario en “Lo impredecible [Relato]

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