No te salgas de la carretera [Relato]

No te salgas de la carretera [Relato]

Roger giró el dial de la radio con suavidad. Aquel trasto desgastado y estropeado por el polvo, sostenido en su hueco del coche con un poco de ingenio y chicle mascado, emitió un sonido ininteligible. El conductor refunfuñó algo por lo bajo, sin desistir en su empeño. Mientras tanto, no pudo evitar captar algo de reojo:

—Te he dicho que bajes los pies del salpicadero.

Su joven acompañante se quejó, obedeciendo a regañadientes. Roger espetó una exclamación de sorpresa al ver que por fin llegaba alguna señal.

—Menos mal —dijo para sí—. Ahora al menos el viaje será más ameno.

Estelas de humo y polvo se levantaban al paso de los neumáticos. El motor llevaba largo rato haciendo un extraño ruido, pero Roger hizo caso omiso de las advertencias. El tiempo apremiaba, y aún debían quedar varios kilómetros hasta la próxima área de servicio…siempre y cuando los saqueadores no la hubieran arrasado, claro estaba. No tenía sentido preocuparse, así que se recostó cómodo en su asiento, dejando que su alma cansada fuera transportada a un lugar feliz por la música de Los Beatles.

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Podría ser peor [Relato]

Podría ser peor [Relato]

Soltó un pequeño carraspeo; no demasiado flojo, no fuera a transmitir inseguridad, pero tampoco demasiado alto, como si hubiera pretendido llamar la atención. Los ojos de su interlocutor se posaron en él durante un breve segundo y, acto seguido, retomaron la desinteresada lectura de aquellos documentos que sostenía entre sus manos, tan cerca de la nariz que podría haber percibido el olor del papel.

Incómodo por el silencio, comenzó a juguetear golpeando los brazos de su silla, de acuerdo al compás de una melodía que había escuchado aquella mañana en la radio. Una de aquellas canciones cuyo nombre nadie puede realmente recordar, pero que todos conocen por su estribillo pegadizo. Mientras tanto, dejaba que su vista de distrajera inspeccionando los detalles de aquel despacho viejo, oscuro y con olor a rancio. Las cuatro paredes estaban cubiertas, repletas desde el suelo hasta el techo, por relojes. Relojes de todos los tipos, tamaños y colores. Todos ellos moviéndose al mismo son, todos ellos marcando la misma hora, el mismo minuto y el mismo segundo. ¿Cómo lo habrían hecho?, se preguntó. Para sincronizar con tal precisión aquel montón de relojes, que debía superar por lo menos el centenar, debían haber sido necesarios (irónicamente) una exorbitante cantidad de tiempo y esfuerzo. Como si tal despliegue de pulcritud no fuera suficiente, la guinda del pastel la ponía un último reloj analógico sobre la mesa de aquel hombre. La aguja grande señalaba el número 3, y la pequeña, el 10. Las cuatro menos diez de la tarde. En un gesto disimulado, decidió comprobar la hora en su propio reloj, en el teléfono: las 15:45. O todos los relojes de aquella habitación habían sido mal programados, o él llevaba su reloj atrasado por cinco minutos, por alguna razón.

—Así que… —las palabras de voz áspera del entrevistador le sacaron de sus pensamientos dispersos—. ¿Su nombre es Juan, correcto?

—Así es —respondió, esperando que todo aquel tiempo de lectura no hubiese sido única y exclusivamente para su nombre.

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