Soltó un pequeño carraspeo; no demasiado flojo, no fuera a transmitir inseguridad, pero tampoco demasiado alto, como si hubiera pretendido llamar la atención. Los ojos de su interlocutor se posaron en él durante un breve segundo y, acto seguido, retomaron la desinteresada lectura de aquellos documentos que sostenía entre sus manos, tan cerca de la nariz que podría haber percibido el olor del papel.

Incómodo por el silencio, comenzó a juguetear golpeando los brazos de su silla, de acuerdo al compás de una melodía que había escuchado aquella mañana en la radio. Una de aquellas canciones cuyo nombre nadie puede realmente recordar, pero que todos conocen por su estribillo pegadizo. Mientras tanto, dejaba que su vista de distrajera inspeccionando los detalles de aquel despacho viejo, oscuro y con olor a rancio. Las cuatro paredes estaban cubiertas, repletas desde el suelo hasta el techo, por relojes. Relojes de todos los tipos, tamaños y colores. Todos ellos moviéndose al mismo son, todos ellos marcando la misma hora, el mismo minuto y el mismo segundo. ¿Cómo lo habrían hecho?, se preguntó. Para sincronizar con tal precisión aquel montón de relojes, que debía superar por lo menos el centenar, debían haber sido necesarios (irónicamente) una exorbitante cantidad de tiempo y esfuerzo. Como si tal despliegue de pulcritud no fuera suficiente, la guinda del pastel la ponía un último reloj analógico sobre la mesa de aquel hombre. La aguja grande señalaba el número 3, y la pequeña, el 10. Las cuatro menos diez de la tarde. En un gesto disimulado, decidió comprobar la hora en su propio reloj, en el teléfono: las 15:45. O todos los relojes de aquella habitación habían sido mal programados, o él llevaba su reloj atrasado por cinco minutos, por alguna razón.

—Así que… —las palabras de voz áspera del entrevistador le sacaron de sus pensamientos dispersos—. ¿Su nombre es Juan, correcto?

—Así es —respondió, esperando que todo aquel tiempo de lectura no hubiese sido única y exclusivamente para su nombre.

El entrevistador apartó el currículum de su cara y lo colocó sobre la mesa. Se subió las gafas de leer con el meñique. Algo que podía ser interpretado como una sonrisa esbozó en su rostro arrugado:

—Dígame…¿cómo se describiría usted?

—Bueno, yo… —balbuceó para ganar algo de tiempo, repasando de cabeza las respuestas que había estado ensayando la noche anterior—. Me considero una persona dinámica…activa…comprometida con el trabajo y con el equipo…

—Sí, sí, eso ya lo he podido leer —le cortó—, pero, ¿qué me dice del orden?

—¿El…orden?

Juan se rascó el mentón, donde la combinación entre sus nervios y los pelillos de su barbilla producía un irritante picor.

—Sí, sí…el orden —prosiguió el entrevistador—. Hoy en día, las personas ya no valoran algo tan fundamental como el orden. Están acostumbradas a que las cosas se arreglen solas, les da igual todo.

Juan vaciló un instante, pero se recompuso con igual rapidez. No podía permitirse fallar, no habiendo llegado tan lejos:

—Yo le puedo asegurar, soy una persona muy ordenada. Y meticulosa, además.

—Eso resulta agradable de oír. Llevo más de veinte años en este, el negocio de los relojes. Y permítame decirle, ya nadie sabe tratarlos con el respeto que se merecen.

—Estoy completamente de acuerdo —Juan sonrió complaciente; le tenía en el saco, justo donde le quería—. Las nuevas generaciones no saben apreciar estas cosas, están todas con Internet y todo eso. Donde se ponga un buen reloj tradicional…bueno, ¡qué le voy a decir!

Ambos rieron, una carcajada forzada y exagerada, más producida por la sensación de alivio al disiparse la tensión que por la gracieta en sí. Fue como cuando en un chiste malo nadie se ríe; de algún modo, el acto de que una broma no sea divertida ya resulta divertido en sí. El entrevistador alargó el brazo en señal de estrechar la mano:

—Bueno, todo parece estar en orden. ¡Bienvenido a bordo, Juan!

—¡Oh! —su emoción fue tal que no pudo articular más vocablos al oír la noticia— ¡No se arrepentirá!

Tan pronto estuvo a punto de juntar las manos, sin embargo, el otro hombre hizo amago y la retiró despacio. Habló con esa misma lentitud, matizando cada palabra que surgió de su boca:

—Sólo una cosa más… ¿podría decirme la hora?

La alegría de Juan se le borró de la cara.

—¡P-Por supuesto! Son las…

—No, no, no —sacudió la cabeza en las tres ocasiones—. No la del reloj de la mesa. Digo la de su teléfono móvil.

Una gota de sudor descendió por la acalorada frente de Juan.

 

Dicen que cuando una puerta se cierra, otra se abre algún lugar. Pero cuando aquella puerta se cerró con un golpe, sin un puesto de trabajo y de vuelta a las calles de Barcelona, Juan fue capaz de ver el nuevo horizonte. Solo recibió una bocanada de aire frío, y unos excrementos de perro que algún amable vecino no se había dignado a recoger.

—Genial —dijo Juan para sí, alzando el pie y revelando la manchada suela de su zapato—. Simplemente genial.

Bufó en frustración y emprendió la vuelta a casa, agobiado. Metió ambas manos en los bolsillos de su anorak, donde al menos permanecerían calentitas, mientras se encaminaba hacia la parada de autobús. A pesar de reunirse otra vez con el barullo incesante de una ciudad llena de vida, su mente no podía dejar de darle vueltas a lo que acababa de suceder. Otra entrevista más de trabajo, otro fracaso para su historial. ¿Cuántas llevaba ya? En cierto punto de su trayectoria personal, decidió que comenzaba a ser contraproducente llevar una cuenta. Total, lejos de inspirarle, no hacía sino sumirle aún más en la miseria.

Con cada nueva oportunidad, una chispa de esperanza brotaba en su interior. Cuando contactaron con él desde aquella tienda tan rara, por correo electrónico, para ser dependiente, pensó que esta vez sería diferente. Que todo iba a salir bien, que iba a tener un trabajo, a pagar sus facturas, a poder permitirse algún capricho. Pero, una vez más, había pecado de iluso. Sus esperanzas se habían visto chafadas como un globo recién hinchado que se había topado con una aguja. Lo único que le podía reconfortar, en aquellos momentos, era la idea de llegar a su casa, ponerse el pijama y tumbarse en la cama para descansar un poco. Por desgracia para él, incluso las ilusiones más vanas pueden llegar a verse truncadas cuando uno menos lo espera; sobre todo cuando ves cómo se aleja de la parada el medio de transporte que, se supone, debe llevarte a la realización de las mismas.

—¡Eh! —gritó Juan al ver como se iba el autobús, sin él.

Alzó y agitó las manos, e incluso emprendió una pequeña carrera con ánimos de alcanzarlo, pero la dejó al poco de empezar al darse cuenta de su futilidad. Pero, ¿cómo era posible? El autobús siempre pasaba a la misma hora, las 16:00, y en aquel momento eran…

“Oh, claro”, pensó para sí al comprobar la hora de su teléfono. Si se hubiera acordado de reajustar la hora antes de salir, en lugar de olvidarse, no habría caminado con tanta calma y habría llegado a tiempo. Con el autobús perdido, el próximo no iba a pasar hasta dentro de 30 minutos, demasiado tiempo como para quedarse no haciendo nada. Alzó la vista al aire, frustrado, gritando a quienquiera que pudiera oírle:

—¿Qué más tienes para mí?

Su respuesta cayó en forma de truenos y lluvia, casi después de haber pronunciado aquellas desafortunadas palabras. Lejos de ser un comienzo de precipitaciones incipitentes, que poco a poco aumentaba de intensidad, el agua cayó con la fuerza de quien desperdigaba un cubo gigantesco sobre la ciudad, como un bombardeo. Por un momento, se sintió el personaje de una telecomedia de los años 90. Peor, quizá, ya que al menos los personajes de las series solían tener un final feliz.

Recompuso los pocos ánimos desperdigados que le quedaban y decidió moverse. Por suerte, aún no estaba todo perdido: la parada de metro no quedaba muy lejos de allí y, aunque el trayecto se hacía un poco más largo y pesado que en autobús, seguía tardándose menos que esperando media hora a la intemperie. Lo cierto es, no todo lo que había dicho en aquella entrevista era ensayado: Juan sí era un poco dado al orden, al menos en cuanto a costumbres se refería. El metro nunca solía ser su primera opción, pues no estaba acostumbrado a tomarlo. Pero cuando a uno no le quedan más opciones, tampoco se pierde nada por experimentar.

Así que descendió a las profundidades de Barcelona, a los túneles donde circulaban aquellas bestias de acero que son los trenes subterráneos. Siempre le había resultado fascinante el hecho de que todo aquello existiera debajo de la ciudad, como un submundo invisible justo al lado del que la superficie conocía. Por fortuna para su maltrecha suerte, al estar situado cerca de uno de los extremos de línea, y no en una de las paradas intermedias, no se veía a demasiada gente en el andén, permitiéndole respirar su tan ansiada tranquilidad. De la misma forma, lo más probable era que el interior se hallara lo suficientemente vacío como para poder ocupar un asiento, y así fue. Tan pronto las compuertas se abrieron, Juan se adentró en el vagón y se dejó caer sobre el primer asiento libre que vio, aliviado de poder reposar sus piernas y trasero. Mientras el tren avisaba de su partida y las puertas se cerraban con un chasquido, Juan reclinó la cabeza hacia atrás, soltó un suspiro, y dejó que su mente volviera a divagar libre de cualquier atadura. Sin darse cuenta, sus ojos empezaron a cerrarse poco a poco…

Una sacudida del tren se los volvió a abrir. Pero entonces el vagón ya no se encontraba vacío. El desorientado Juan miró a izquierda y derecha, confuso, hasta finalmente reparar en las luces que indicaban el trayecto. Por alguna razón, ahora estaban encendidos más de la mitad de los círculos del panel. ¡Se había quedado dormido! Lo achacó a que la noche anterior no había podido descansar demasiado bien, combinado con todo su estrés previo. Lo peor de todo era que se había saltado su parada.

Al igual que dicen que cuando una puerta se cierra, otra se abre, también se dice que no todos nacen bajo la misma estrella. Hay quienes son bendecidos desde pequeños, y quienes, respondiendo a la necesidad universal del equilibrio, se revuelven entre el mar de desdichas que azotan en el día a día. Por supuesto, nunca es todo sólo blanco o negro, pero cuando las cosas no salen bien, siempre tienden a verse monocolor.

La mujer que se había sentado a su lado (probablemente durante su período de inconsciencia) plegó el periódico que estaba leyendo y se levantó. Las puertas se abrieron, gente entró y salió. Pero aun a sabiendas de que no pintaba nada en aquel tren, Juan no se movió. Apoyó sus codos sobre las rodillas y hundió la cabeza entre sus manos. Era mejor quedarse allí, no hacer nada. Si ponía un pie fuera, si se atrevía a salir, ¿qué iba a ser lo próximo? ¿Granizo? ¿Un rayo? ¿Un meteorito? Era mejor quedarse allí, no moverse. Tampoco había prisa, pues nadie le esperaba en casa de todos modos.

Se encontraba tan sumido en su estado de desesperación, que no se percató de que el tren volvía a moverse, y de que alguien más ocupaba el asiento contiguo. No es que le hubiera importado quien se sentaba a su lado, pero cuando vio de reojo que las piernas del ocupante eran azules, supuso que algo no cuadraba del todo. Al alzar la cabeza, un dinosaurio de piel azul y amplia sonrisa agitaba la mano en saludo:

—¡Hola!

Juan volvió a echarse hacia atrás sobre su asiento y miró hacia las luces techo. “Así que este es tu plan, ¿eh?”. ¿Para qué traerse un meteorito cuando podía ser devorado por un dinosaurio? ¿Tal vez caer presa de un delirio psicótico? ¿Por qué no?

—Oh, lo siento —se disculpó el dino; su voz sonaba tapada—. ¿Molesto mucho? Es que el traje este es muy ancho y no me lo puedo quitar. A decir verdad, se ha roto la cremallera.

—No pasa nada, tranquilo…

—Soy Julius, el dinosaurio feliz. Al menos, eso es lo que ponía en la ficha. La verdad es que no tengo ni idea de si es un personaje original o si sale de alguna serie para niños. Solo sé que Julius es un nombre terrible para un dinosaurio.

—Estoy de acuerdo…

“Genial, no es una alucinación.”, pensó Juan. “Tan sólo un tipo cansino en busca de conversación.”

—Oye, tienes mala cara —insistió Julius—. Y lo sé porque he visto muchas caras hoy. ¿Ha pasado algo?

—Un mal día…

—¿Quieres hablar de ello? ¿Tienes tiempo?

—Todo el tiempo del mundo…

—Oh, guay. Pues cuéntame.

—No lo decía en serio —algunos no pillaban bien el sarcasmo—. No tengo ganas de hablar.

—¿Eres una de esas personas que se ponen tristes cuando llueve? A mí me pasaba mucho. ¿Y qué es ese olor?

Juan llevó su atención al zapato y levantó la punta. Aunque lo había restregado fuera antes de entrar, no es fácil desprenderse de una mala fragancia.

—Supongo que es a lo que huele mi vida.

—¡Oh, no digas eso! —Julius se llevó las manos a la cabeza—. A Julius no le gustan las personas tristes. Hacen que él también se ponga triste.

A Juan le parecía estúpido hablar en tercera persona, y más que le trataran como a un niño. Pero su inesperada siesta le había arrebatado todas sus fuerzas y ganas de replicar. El dinosaurio se señaló con el pulgar:

—Mira, yo he estado todo el día con este traje puesto a diez euros la hora. Aunque fuera haga frío, te puedo asegurar, dentro hace un calor horrible. No he podido ni siquiera comer, y he aprendido a las malas la crueldad de los niños con las mascotas disfrazadas —cogió entre sus manos la cola que le sobresalía desde el asiento—. Y un perro me ha mordido la cola. O sea…no es comestible, sabe mal. ¿Por qué sigues apretando si ya la has probado y ves que no sabe a nada?

—No lo sé. ¿Adónde quieres llegar? —inquirió Juan, aburrido.

—¡A qué podría ser peor! Es como en las series de la tele, cuando un personaje grita “¿Podría ser peor?” y de golpe empieza a llover.

Por alguna razón, Juan tuvo un déjà vu.

—¿Y qué, si puede ser peor? Tampoco es que importe demasiado.

—¡Claro que importa! —contraargumentó Julius—. Porque por cada niño que me ha confundido con una piñata sin sentimientos, ha habido uno que me ha abrazado con una sonrisa.

Los ojos de Juan, de pronto, denotaron algo más de interés. El dinosaurio, satisfecho de haber provocado una reacción, continuó:

—Las cosas están siempre en equilibrio. Cuando una puerta se cierra se abre otra, no hay mal que por bien no venga, todo eso. Nosotros nos extinguimos hace miles de millones de años, y aquí me ves, con una gran sonrisa.

—¿Eres uno de esos optimistas, verdad?

—¡Sólo hay que estar atento! A veces, lo que buscamos está más cerca de lo pensamos. Puede que salgas del metro y te caiga un meteorito, como a mis ancestros. Pero al menos aquí dentro, en tus últimos momentos, estás teniendo una conversación amigable con un dinosaurio marchoso.

—¿Se supone que eso debe animarme?

—¡Por supuesto! —extendió ambos brazos a los lados—. Incluyo un abrazo gratis.

Juan le siguió contemplando con recelo. Pero entonces, ocurrió algo extraño. Sin saber por qué, como si en aquel momento su cuerpo hubiera perdido el control que en él romanaba la consciencia, se encogió de hombros y aceptó el abrazo. “¡Qué demonios! ¡Este bicho azul tiene razón!”.

Ambos se levantaron al unísono al llegar a la última parada, el final de línea. Sin darse cuenta, el vagón se había ido vaciando de forma progresiva, hasta quedar casi vacío. Si aquello fuera una serie, lo adecuado habría sido un aplauso multitudinario, aunque fuera enlatado. Pero la vida no es una simple serie, ni gira en torno a un único protagonista. Todo el mundo tenía su propia historia que le agobiaba, su propia aventura para contar a los compañeros de viaje. Puso la mano sobre el hombro de aquel lagarto de color extraño, y le dijo:

—¿Sabes qué, Julius? Te invito a una caña.

—¡Genial! Aunque, ¿puedo primero pasar por mi casa? Tengo que quitarme este dichoso traje…

Hombre y reptil salieron de allí como buenos amigos. Porque todo está en equilibrio, y cuando algo se pierde, siempre se puede encontrar otra cosa. Quizá algo incluso más valioso de lo que nos pensamos a simple vista. La cuestión, al final, reside en prestar un poco más de atención.

 

*Imagen de cabecera por reza shayestehpour
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