Roger giró el dial de la radio con suavidad. Aquel trasto desgastado y estropeado por el polvo, sostenido en su hueco del coche con un poco de ingenio y chicle mascado, emitió un sonido ininteligible. El conductor refunfuñó algo por lo bajo, sin desistir en su empeño. Mientras tanto, no pudo evitar captar algo de reojo:

—Te he dicho que bajes los pies del salpicadero.

Su joven acompañante se quejó, obedeciendo a regañadientes. Roger espetó una exclamación de sorpresa al ver que por fin llegaba alguna señal.

—Menos mal —dijo para sí—. Ahora al menos el viaje será más ameno.

Estelas de humo y polvo se levantaban al paso de los neumáticos. El motor llevaba largo rato haciendo un extraño ruido, pero Roger hizo caso omiso de las advertencias. El tiempo apremiaba, y aún debían quedar varios kilómetros hasta la próxima área de servicio…siempre y cuando los saqueadores no la hubieran arrasado, claro estaba. No tenía sentido preocuparse, así que se recostó cómodo en su asiento, dejando que su alma cansada fuera transportada a un lugar feliz por la música de Los Beatles.

—Tengo haaaaambre… —oyó un quejido.

—Todavía no —respondió tajante.

—Vamos, solo un poquito…

—No.

—Porfa…

—No.

La muchacha se cruzó de brazos y soltó un bufido. Desahogo sus penas contemplando el árido paisaje a través de la ventana, por las pequeñas aperturas entre el cristal blindado y las planchas metálicas que hacían las veces de verja.

—Capullo… —murmuró.

—Eh, esa lengua.

Ella se limitó a fingir sordera. Si no hubiera sido porque él llevaba las manos al volante, Roger le habría propinado un guantazo allí mismo, en aquel preciso instante. Después podría llevarla a un descampado, atarla a un palo y dejarla como carroña para los buitres. Pero claro, entonces no iba a cobrar. Aun así, el mero hecho de retener la imagen mental ya le proporcionaba la suficiente satisfacción como para que una sonrisa burlona asomara en sus labios.

¿Por qué Roger estaba en un coche con una mocosa malcriada, en mitad de ninguna parte, dentro de la lata de conservas rancias que era aquel coche? Es una excelente pregunta, querido lector. Pero para poder responderla, primero deberíamos remontarnos a un evento mucho, mucho más anterior:

El día que cayeron las bombas.

Cuando estalló la guerra, todos los sucesos que vinieron después se desencadenaron como la reacción en cadena de una larga fila de fichas de dominó. La vida se tornó en muerte, el cielo se cubrió de nubes oscuras, la economía se colapsó. Todo cuanto la humanidad había construido, sus estructuras, sus ciudades, culturas, sociedades…todas ellas se derrumbaron una a una, devolviendo la humanidad a un estado de regresión donde solo imperaba una única máxima: el más fuerte sobrevive.

Y en medio de todo eso, un bebé. Roger no tuvo nunca la oportunidad de nacer en un hogar cálido y bien querido, con todos los lujos y comodidades al que antaño estaban acostumbradas las clases adineradas. Nació sin nada ni nadie, en un mundo derruido, y fue criado por bandidos y maleantes, de un lugar a otro, sobreviviendo a las duras calles. Su infancia podría haberse descrito como un infierno en vida, aunque tuvo su lado bueno: le curtió en mil batallas, preparado para afrontar todo cuanto surgiera en su camino. Ya de adulto, seguía viajando errante de un sitio del mundo a otro, solitario, en busca de dinero fácil via los encargos que nadie más quería hacer.

El lector, si es avispado, ya sabrá por dónde van los tiros de esta historia. Un trabajo fácil, llevar un paquete de un punto “A” a un punto “B”. Tarifa estándar, el cliente ponía los costes. Cuál fue la sorpresa, sin embargo, al ver que la susodicha mercancía tenía pies, y manos, y una boca muy poco refinada para una criatura tan delicada.

—Esto no es lo que acordamos —protestó Roger entonces.

Pero el representante de su cliente se lavaba las manos.

—Usted no preguntó.

—Ustedes dijeron que llevaría una carga.

—Y es una carga. Lo que no especificamos fue que se trataba de un ser vivo.

—Yo no soy un puto chófer. Deberán buscarse a otro.

El representante, vestido completamente con una gabardina y sombrero negros, sonrió.

—¿Y si le hacemos una oferta mejor?

Aquella fue la primera vez que veía tres ceros en un mismo número. Antaño, en una época distinta, tal vez 1.000 dólares resultara una cantidad muy poco suculenta. Pero para Roger, en la Tierra resquebrajada, suponía el sueldo de 10 meses en un único trabajo. ¿Qué podía salir mal? Absolutamente todo, pues hasta el más cortito de mente habría deducido que allí había gato encerrado. Claro, que cuando se trata de dinero, ocurre algo extraño. De golpe, la mente parece no rendir del mismo modo que siempre, sustituyendo cada pensamiento racional por el deleite que induce semejante pastizal.

Así fue como Roger conoció a Lucy. Sonaba a buen título para una canción, pensó. Echó una mirada discreta a la chica mientras ella todavía reflejaba muestras evidentes de indignación. Debía tener, cuanto, ¿diez años? Mientras miraba por la ventana, una de sus manos jugueteaba con las gafas de aviador que llevaba puestas por encima de la cabeza. Bien mirado, Roger nunca la había visto sin ellas; no se las quitaba ni para dormir.

“Bueno, todo el mundo tiene sus manías”, concluyó. Mientras sostenía con una mano el volante, se ayudó de la otra para buscar en el bolsillo su paquete de tabaco. Los cigarros originales ya se habían perdido hacía tiempo, así que estaba rellenado con los suyos propios. Luego agarró el encendedor del coche y lo prendió.

—¿Vas a fumar, enfrente de una niña? —replicó Lucy al ver que se colocaba el cigarro en los labios.

—Fumo precisamente porque no soporto a los niños.

—Te odio.

—Gracias. El sentimiento es mutuo —respondió con tranquilidad, soltando una nube de humo.

La señal de la radio volvió a perderse; Roger hizo un chasquido con la lengua, frustrado porque le habían cortado la mejor parte. Mientras tanto, por alguna razón, Lucy cada vez estaba más pegada a la ventana, con los ojos entrecerrados, tratando de divisar algo. Tan pronto lo distinguió, golpeó el cristal con la palma de ambas manos, gritando:

—¡Allí! ¡Allí hay alguien!

—¿Huh? —Roger miró en la dirección que señalaba la muchacha.

—¡Allí, allí!

Tenía razón: saliéndose un poco de la carretera, en pleno campo, podían vislumbrarse dos siluetas junto a un árbol: una en el suelo, saludando con la mano; la otra en el aire, muy, muy arriba, un poco por debajo de las ramas…colgada por lo que parecía ser una cuerda.

—Parece que ha pasado algo —dijo Lucy.

—No le hagas caso. No tenemos tiempo para distraernos —por experiencia propia, Roger sabía que era mejor nunca salirse de la carretera.

—¿Pero, y si necesita ayuda?

—Correré ese riesgo.

—¿No tienes corazón, verdad? —Lucy le castigó con la mirada.

—Ya empiezas a conocerme.

—¡Pues yo digo que paremos!

Sin previo aviso, Lucy se abalanzó sobre el asiento del conductor y el volante.

—¿Pero qué…? ¡Estate quieta, niña! —trató de apartarla poniéndole la mano en la cara, pero ella aprovechó para clavar sus dientes.

—¡Si digo que paremos, es que paremos!

 

La travesía continuó en silencio desde aquel incidente. Lo único que se escuchaba era el sonido distorsionado de la radio, junto a la creciente crispación de Roger girando el dial. Lucy se llevó la mano a su enrojecida mejilla, acariciándola con suavidad para que no le doliera. Tampoco hacía falta darle un bofetón, creía ella. En la parte trasera, un androide de aspecto corroído les miraba con curiosidad, alternando la mirada entre el uno y el otro. Incapaz de percibir la tensión del ambiente, el robot decidió hablar:

—Muchas gracias otra vez por su hospitalidad. Son muy amables.

—No hay de qué —dijo Lucy con tono recriminatorio; Roger le correspondió con desdén— ¿Cómo te llamas?

—Mi número de serie es X017598 —dijo el robot con cortesía—. Pero mi dueño me llamaba Joe.

—No es un nombre muy creativo.

—Mi dueño tendía a ser poco inspirado a la hora de…hacer cosas. Era un poco vago.

—Y, sin embargo, no le dio pereza trepar un árbol y colgarse —intervino Roger.

—Ha sido una verdadera tragedia —explicó Joe—. Me pidió que condujéramos hasta allí y que le ayudase a subir. Después me dejó solo.

—Ajá… —continuó Roger, desinteresado; asuntos más importantes requerían su atención, como la puñetera radio que no funcionaba o el motor que cada vez hacía más ruido. Se había fijado en que había ido a peor después de parar; ya empezaba incluso a preocuparle.

El androide estudió el vehículo con detenimiento: su atención fue a parar a la escopeta que Roger guardaba a su lado, entre el hueco de la puerta y el asiento.

—Confío en que mi presencia aquí no les suponga una molestia.

—En absoluto —dijo Roger con sarcasmo.

—No le hagas caso, Joe. Él es así.

—No importa, comprendo su escepticismo. Estas tierras no son seguras para nadie, menos con la cantidad de bandidos que hay por ahí.

Entonces Lucy soltó un grito ahogado, en el sentido literal de la expresión. Tan pronto sintió que una gran fuerza la agarraba y sujetaba contra el asiento, su reacción inicial fue la de intentar gritar por el susto. Pero el sonido quedó entrabado en su cuello, bloqueado por el brazo mecánico que no le permitía apenas respirar. Roger volvió la cabeza con rapidez, sin con ello dejar de prestar atención a la carretera, para toparse con que Joe la tenía contra el asiento, asfixiándola.

—No se pare, ni haga movimientos extraños.

Roger pegó otra calada al cigarro, aparentando calma:

—Un robot no puede matar a un humano…a no ser que haya sido reprogramado, claro.

—Mi dueño era miembro de una banda de bandidos.

—Eso lo explica —se dirigió a Lucy, la cara de la niña cada vez más pálida—. ¿Ves? Por eso no hay que salirse del camino —fijó los ojos en la carretera—. ¿Le mataste tú?

—No me malinterprete, esa parte de la historia es cierta; no estoy programado para mentir. Del mismo modo, en ningún momento os dije que no fuera un bandido.

—Pero no te preguntamos…claro. ¿Qué es lo que quieres?

 

Joe cerró la puerta del conductor. Dejando la escopeta en el asiento del copiloto, colocó una mano en el volante y se despidió con la otra.

—¡Muchas gracias por ser tan cooperativos! —gritó.

Cuando la nube de polvo se hubo disipado, él ya se hallaba lejos, a punto de perderse en el horizonte. Roger metió sus manos en los bolsillos:

—No hay de qué —dijo despacio; después miró a Lucy—. ¿Estarás contenta, no?

Ella no levantaba la cabeza del suelo, su orgullo herido. O al menos, eso había pensado Roger. Cuando la vio alzar otra vez la mirada, los ojos de la chiquilla estaban llenos de lágrimas.

—Te…tenías razón —admitió—. Lo sien…

Antes de que pudiera acabar la frase, una fuerte sacudida retumbó en el espacio. Bocanadas de aire se levantaron, el suelo vibró como un terremoto, sus oídos se vieron perforados por un sonido estridente. Ambos contemplaron, incrédulos, como en la distancia se alzaba una gran bola de fuego hacia el aire. A pocos metros de distancia de donde ellos se encontraban, cayó una chapa de metal doblada, con la matrícula del que había sido su medio de transporte. Roger sonrió y emprendió la marcha:

—Venga, vamos. Quizá haya quedado algo entre los escombros.

Lucy se quedó quieta en el sitio, su cara hecha un cuadro:

—¿Qué…qué acaba de pasar?

—La fortuna del mensajero —se limitó a responder.

Ella volvió en sí al darse cuenta de que su protector la estaba dejando atrás. Quizá no fuera tan malo salirse de la carretera de vez en cuando, después de todo.

*Imagen original de cabecera por Ryan Hefner
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2 comentarios en “No te salgas de la carretera [Relato]

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