Una ventana al alma, una mirada de desolación.  Cuando las sombras de tu corazón se hacen fuertes, amenazan con consumirte. Y entonces, debes de tomar una decisión: ¿me enfrento a ellas, o me rindo a un inevitable final?

Las heridas del cuerpo pueden cicatrizar, pero las del corazón siempre quedan abiertas. Porque así sabemos que nos duelen, porque así sabemos que no las hemos olvidado. El dolor forma parte de nosotros, lo escuchamos, aprendemos de él. Nos recuerda por qué algo es importante, nos recuerda quienes somos. Nos mueve, nos insta a luchar. La pesada carga que todos acarreamos, por los siglos de los siglos, hasta el día que no haga falta movernos más.

La elección nunca fue fácil. ¿Adónde nos lleva, la búsqueda de uno mismo? ¿Quién o qué es, exactamente, el “ser”? ¿Pensamientos esporádicos? ¿Sentimientos arraigados? Así nos pasamos toda la vida, eligiendo, tomando el camino que, creemos, nos lleva hacia nosotros. Ese yo invisible, que guía nuestros pasos. Esa esencia intangible, que nos recoge en sus brazos. Pero, ¿qué es lo correcto y qué es lo que no? ¿Cómo sé que esta elección sale verdaderamente de mí?

Cada elección también tiene un precio. Unas veces es más grande, otras veces más pequeño. Pero siempre está ahí, acechando, esperando, ansioso por apoderarse de nuestra voluntad. El dolor que fingimos ignorar, como un latido silencioso, arañando las paredes de nuestro espíritu. Elegir es perder algo; algo valioso, al fin y al cabo, porque de lo contrario, no nos dolería. Lo hemos pagado, y sabemos lo que ello implica. Pero por cada puerta que se cierra, una se abre.

Pagamos el precio, y soportamos el dolor, porque sabemos que algo nos espera al otro lado. Algo que no surge del deseo, ni de la codicia, sino de algo más profundo. Algo que se remueve en nuestro interior, que nos insta a llorar, a chillar, a reír. Una caja de Pandora donde la esperanza brilla con fulgor: así es la verdadera naturaleza de la emoción.

A veces, cuando tengamos que tomar una elección, abriremos esa caja. Y lo que encontremos dentro, nos aterrorizará como demonios sin forma ni rostro. Pero cuando miremos más allá, sabremos encontrar lo que buscamos. Y aunque pasen cien años de tormento, seguiremos adelante. Porque así, cuando volvamos a mirarnos al espejo, entonces podremos decir: “sí, aquello valió la pena”.

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Un comentario en “Reflejo [Prosa poética]

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